La vida de Flora Tristán en Arequipa (1834), antes del regreso de su tío Pío Tristán a esa ciudad, transcurrió rodeada de familiares y visitas sucesivas que querían conocer a la hija del coronel Mariano Tristán y Moscoso, fallecido en Francia. Toda Arequipa sabía que Flora estaba allí por su herencia.
Flora fue una gran observadora sobre la vida cotidiana de la ciudad, tanto de sus costumbres como del estilo de la construcción de sus casas, y quedó encantada desde que vio Arequipa.
Como buena espectadora de las costumbres, quedó atónita sobre cómo se ofrecían los alimentos en las casas:
“La conveniencia del servicio y los usos de la mesa no se practicaban mejor que las armonías culinarias. Aún hoy, en muchas casas, no hay sino un vaso para todos los convidados. Los platos y cubiertos están sucios. La suciedad de los esclavos no es la única causa para ello. De tales amos, tales criados. Los esclavos de los ingleses son muy limpios. Es de buen tono hacer pasar en el extremo del tenedor un pedazo tomado de su plato a las personas a quienes se quiere hacer cortesía. Los europeos se han rebelado de tal modo contra esta costumbre, que ahora cae en desuso. Pero hasta hace unos pocos años los pedazos de olla, de pescado, de alas de pollo, circulaban alrededor de la mesa llevados por los esclavos en punta de tenedores.”
Esta costumbre de comer pedazos de carnes de cualquier tipo con tenedor y pasarlo también se usaba en Lima y suponemos que en varias partes del país durante aquel tiempo. Y la costumbre de tomar en un solo vaso fue costumbre extendida en el país, hasta el siglo XX, cuando el cólera llega al Perú.
Pero Flora tuvo una gran debilidad gastronómica en Arequipa: “Como todo es muy caro, las invitaciones a comer son poco frecuentes y han prevalecido las invitaciones a las tertulias, en cuanto se introdujo esta moda.” La vida era cara por la situación de guerras internas que vivía el país durante esa época. Y señala:
“Todos los domingos en casa de mi tío se daba una comida a los parientes, a la cual estaban invitados los amigos íntimos y por la noche se tomaba té, chocolate y bizcocho. Las únicas cosas que he encontrado buenas en Arequipa son los bizcochos y las golosinas hechas por las religiosas. Gracias a mis numerosas relaciones nunca me faltaron durante mi estadía allí y esto me permitió hacer muy buenas meriendas.”
Durante la guerra civil peruana de 1834, Arequipa apoyó al general Luis José de Orbegoso como presidente provisorio del Perú. Eran tiempos violentos y de incertidumbre, lo que determinó que Flora y su familia femenina se refugien en dos conventos: el de Santa Rosa, primero, y luego el de Santa Catalina.
Ella cuenta cómo la atendió la superiora de este convento:
“... sobre ricos tapices y blandos cojines me hizo traer, en uno de los más bellos azafates de la industria parisién, diversas clases de excelentes bizcochos hechos en el convento, vinos de España en lindos frascos de cristal cortado y un soberbio vaso del mismo cristal y grabado con las armas de España. Al siguiente día por todas partes nos ofrecían bizcochos de toda clase, frutas, jarabes y vinos de España”.
Como Flora no hace gran descripción de los tipos de dulces que comió, hemos ubicado una apreciación interesante en el Diccionario de Gastronomía Peruana Tradicional, de Sergio Zapata Acha:
“Sobre los dulces de conventos el viajero francés Paul Marcoy hacia 1869, contó que: Cada una de estas congregaciones tiene una especialidad de golosinas, que la recomienda a la apreciación del público. Santa Rosa tiene su mazamorra de Carmín, especie de papilla, con el gusto de nuestros huevos rojos, que se expone durante la noche en los techos del convento, donde la helada le da cualidades particulares. Santa Catalina sobresale en la preparación de pasteles y dulces de ave a la leche de almendras, manjar blanco de la región. El Carmen en fin, tiene por su parte los buñuelos a la miel espolvoreándolos de pétalos de rosa y pajitas de oro y sus imperiales yemas batidas con azúcar en polvo y fijadas mediante un procedimiento que desconocemos.”
A los seis días de refugio en Santa Catalina, Flora escribe: “Manuelita nos recibió en su linda habitación del antiguo convento. La comida fue una de las más espléndidas y sobre todo de las mejores servidas a que fui invitada durante mi estancia en Arequipa…”. Flora lo pasó muy bien allí: “Habíamos permanecido seis días durante los cuales aquellas señoras pusieron todo su esmero en hacernos pasar el tiempo de lo más agradable posible: comidas magníficas, meriendas deliciosas, paseos en los jardines y en todos los sitios curiosos del convento.”