En el Virreinato del Perú se comía muy bien y con abundancia. Esta costumbre no se perdió durante la República y sus habitantes no solo se alimentaban en las casas, sino también en la calle, comprando a los ambulantes, visitando a parientes y luego en diferentes negocios que se fueron abriendo en el correr de los años, tanto para comer como para beber.
Rosario Olivas Weston refiere en La cocina cotidiana y festiva de los limeños en el siglo XIX (pág. 158) que: “En 1760 llegaron las primeras plantas de café a Lima y en 1771 se abrió el primer “cafée” de la calle Santo Domingo, correspondiente a la primera cuadra de Conde de Superunda, a unos metros del Palacio de Gobierno y a unos tantos del antiguo local de la Universidad de San Marcos. Magnífica ubicación, si se considera que los primeros cafés nacieron muy cerca de los ambientes universitarios y políticos. (Gonzales Laguna [1794].” Y continúa señalando que: “Los cafés se crearon a fines del siglo XVIII, tan es así que: “Entre los años 1771 y 1776 se abrieron 10 cafés, ubicados en las calles Santo Domingo y La Merced (después se le conoció como café de Francisquín), de los Plumeros de las Ánimas (que se trasladó a la calle Bodegones), de San Agustín (muy concurrido, por el juego llamado “Monte,” señala Weston), de Mantas, de la Plazuela San Agustín y los cafés Río Hondo de Josep Cánepa y del Lato (de corta vida).”
Estos cafés fueron teniendo cada vez más presencia sobre todo en la capital. Al comienzo la decoración fue sencilla. Y la existencia de estos comenzó a cambiar ciertas costumbres de los limeños, pues había lugares donde ir, sentarse y tomar café, chocolate y comer tostadas, conversar y leer. Y luego se añadió el juego de ajedrez, damas y billar. Asistían mujeres y hombres, punto importante por la época, en que las mujeres tenían diversas restricciones religiosas, etc., mas lo interesante fue que Flora Tristán, en Peregrinaciones de una Paria, señala que la mujer limeña era muy aficionada a la política, sin tener ninguna formación, previa.
Los cafés limeños fueron lugares formadores de opinión política de la época. Eran en la práctica los protagonistas de la situación política de la época pre-independencia. Donde poco a poco se fueron formando grandes discusiones. Olivas Weston señala:” Por entonces, los españoles parecían formar una sociedad separada, no sólo en sus casas y los paseos públicos, sino también en los cafés, donde los criollos muy rara vez se sentaban en la misma mesa con ellos. (Stevenson [1829] 1971:163).”
En el siglo XIX ya había cafés más modernos y algunos muy decorados. Oswaldo Holguín Callo en el libro: Cafés y fondas en Lima Ilustrada y Romántica, edición 2013, por la Facultad de Ciencias de la Comunicación y Turismo de la Universidad San Martín de Porres, relata las situaciones ocurridas en los cafés.

Café Bodegones
Con la Independencia los cafés sufrieron no solo la crisis económica posterior, sino diversos saqueos en los que se llevaban la vajilla y otros implementos. El Café Bodegones (1776) fue uno de los más representativos de esos años, y recibía el apodo de “Mentidero”, pues era el lugar de todos los embustes y bolas políticas. Luego de los avatares políticos de la Independencia, el café prosiguió.
A él asistieron diversos personajes como Ricardo Palma y políticos de aquel entonces y, al parecer, estuvo entre ellos el comerciante alemán Heinrich Witt, quien lo relata en su famoso diario: Un testimonio personal sobre el Perú del siglo XIX, I (1824-1842) hoy publicado en Alemania en 10 tomos, donde escribe: “…solo después del almuerzo Wilson, el tenedor de libros, y yo solíamos ir a un café vecino por espacio de media hora o algo así, donde jugábamos damas y él que solía perder, cosa que yo hacía rara vez, tenía que pagar el café de los dos”. El café vecino bien pudo ser el Bodegones, situado a escasas cuadras de las mencionadas oficinas (Casa Gibbs Crawley &Co.). Nos precisa Holguín Callo (pág. 98).
Al Café Bodegones siempre concurrieron los mismos parroquianos burgueses, tan es así que se le llamó luego el Café de los Viejos, pues no iban ya los jóvenes. Así fue muriendo uno de los cafés más representativos de Lima.
“En los años 1860 y 1870 no se detuvo la creciente oferta de diversos y refinados productos de cocinería y repostería. Surgieron nuevos establecimientos (hoteles con comedores al público, restaurantes, cafés, confiterías, pastelerías, etc.) que servían todo tipo de viandas dulces y saladas, bebidas espirituosas, refrescos, helados, etc. Tales comerciantes pertenecían en buen número a europeos (franceses e italianos, sobre todo) que habían llegado al país en el buen momento del apogeo guanero… …Entre los nuevos cafés estuvieron el Pellisier y los de Tomás Capella, todos con una oferta de helados de muchos sabores y estilos.” Holguín Callo (pág.65).
Hubo otro muy famoso, el Café Anglais, de fines del siglo pasado, precisa Olivas Weston en el libro La cocina cotidiana y festiva de los limeños del siglo XIX, pág: 159) “ubicado en la Calle La Unión, que hizo las delicias de nuestros antepasados con sus finas cenas, lunchs y banquetes”, citando a: (El Comercio del 29-V- d 1879, ed. Tarde: 1).
Estos son algunos de los cafés que hubo en Lima del siglo XIX, y como vemos ocuparon un lugar preponderante en el día a día de nuestra ciudad, además de ofrecer café, tostadas, y en algunos casos tenían alguna que otra alojería, dentro de sus instalaciones y “nieve”, allí se encontraron importantísimos personajes de nuestra República.